The virgin suicides y la historia de una ausencia
Interpretación de la película de Sofia Coppola con la teoría crítica feminista
La traducción exacta del inglés sería “La virgen se suicidaâ€Â, título más fiel a la película, si se piensa en profundidad, que el extendido en castellano: “Las vírgenes suicidasâ€Â. Superficialmente se podría alegar, difícil es no darse cuenta, que una de las hermanas Lisbon no muere virgen. Pero la cuestión no se agota ahí. La cuestión es que en la traducción comercial del original inglés se pierde un matiz importante. La expresión ‘la virgen se suicida’, a nosotros, descendientes de una determinada historia y de una determinada cultura, nos remite sin rodeos a la virgen Virgen, a la virgen madre de Jesús. Y la imagen que puede representarse en nuestra frente puede ser tanto la de María Felicísima con el Niño en brazos como la de María Dolorosa con el Hombre muerto. Esto es, en cualquier caso, una clásica (dos mil años de clásica) representación de la maternidad.
¿Qué hilo enlaza semejante castillo de aire con el contenido real de la película, que es a fin de cuentas de lo que se trata aquí? Cecilia, la menor de las hermanas, en su primer intento de suicidio se corta las venas con un cromo de María (Virgen con Niño) en la mano. Esta estampa de la Virgen, su representación, funciona en manos de Cecilia como un reflejo: su intento de suicidio es un acto iconoclasta; muerte al ideal de la maternidad, inculcada como indiscutible destino femenino.
“Debían de estar jugando a algo porque miraban
hacia atrás como si temieran que alguien las cogieseâ€Â.
La primera aparición juntas que hacen Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therí¨se Lisbon en la película llega al espectador a través de los ojos de otros personajes, los perpetuos adoradores de las cinco diosas rubias. Esos ojos explicitan, deteniéndose en una de ellas cada vez, su carácter fascinante; las presentan ya de entrada como objeto imaginario del deseo. Nosotros, al igual que ellos, nos dejamos cautivar por sus colores rosa y blanco y sus formas redondas y flotantes. La mirada del grupito de voyeurs nos convierte automáticamente en sus cómplices, en espías de esas bellezas inauditas e intocables. Y deseamos estar cerca, estar dentro. En especial en el caso de una mujer espectadora que tenga desconectado el filtro de la crítica, probablemente a ese deseo se añadirá el de ser una más.
De inmediato a la fascinación se añade la intriga: ¿quiénes son y por qué provocan en nosotros -nosotros y ellos, los mirones- ese efecto?. Ellas constituyen un misterio o, para ser más precisos, un enigma. Tal vez el enigma. Desde nuestra posición no podemos dejar de relacionar esta palabra con Freud directamente, pues siempre colocaba ese término al lado de ‘feminidad’; también indirectamente se puede vincular con él, a través de la Esfinge derrotada por Edipo. Como sobre La Mujer en los orígenes del psicoanálisis, todo el mundo en el vecindario hace especulaciones sobre las hermanas Lisbon, y de forma igualmente paradójica se entiende el enigma que supone(n) para los otros como en cierta manera algo ajeno a ella(s). Dijo Freud “ellas son el enigmaâ€Â. Y de sus palabras había que entender que las mujeres constituían un enigma para los hombres, una pregunta que ellos debían responder. Por si las cursivas aún no lo han hecho suficientemente explícito: un objeto de consideración, de búsqueda, de inquietud, de deseo. También, por todo ello, una meta, una frontera a cruzar, una ciudad por conquistar.
“Aquella tortura indicaba una renuncia razonada
a aceptar el mundo tal como se les concedíaâ€Â.
Cecilia se encuentra en el momento más crítico de la formación de la feminidad: los trece años, la tierra de nadie entre niñas y mujeres. Podemos tomar como símbolos la sangre en la bañera, y también la confusión que reina en general en su dormitorio entre pintalabios, dibujos, bragas y juguetes infantiles; y, cómo no, imágenes de María la Virgen. En todas sus apariciones lleva puesto un traje de novia (con chancletas), que sólo puedo interpretar como un término medio, de nuevo, entre una mujer, la novia, y una niña que juega a disfrazarse. Su no pertenencia, su inestabilidad, su balanceo entre una y otra cosa se manifiesta continuamente en todas sus escenas. Un ejemplo es el principio mismo de la película, que prácticamente se puede decir que arranca con su intento de suicidio. A continuación, el doctor que le venda las muñecas en el hospital le muestra su desconcierto: que es demasiado joven, dice, para saber lo mala que es la vida. A lo que ella responde: “Obviamente, doctor, usted nunca ha sido una chica de trece años†-sintagma este último del que no se puede obviar ningún sustantivo, aunque el acento recae desde luego en ‘chica’. También las lecturas que hace de las imágenes del psicólogo me llevan a la misma conclusión: un plátano (Falo-Freud-Feminidad), un pantano (donde ella se encuentra), un peinado afro (clara voluntad de jugar al escondite).
Por otra parte, podemos observar sus reacciones y actitudes en relación con sus hermanas. El primer caso es la cena con el alumno privilegiado de su padre. Lux y las otras juegan a provocarlo (“¿Te gusta la lucha?â€Â), se ríen coquetas, lo acorralan y se divierten mareándolo. La cara de Cecilia refleja en cambio la pura aversión. Ella no participa de su juego; lo encuentra repugnante. Así, tenemos el dato de que hay al menos una cosa que repele a Cecilia de la feminidad: la consiguiente e inapelable reducción instantánea a la propia sexualidad (cuando se trata de un hombre no hace falta precisarlo, es lo que se da por supuesto; ‘le sexe’, en francés, se utiliza por cierto para designar al sexo femenino). Unas vecinas, más adelante, cuando ya esté muerta, la calificarán de “extrañaâ€Â, “de bicho raroâ€Â. Descontando lo peyorativo de la expresión, lo cierto es que llevarán razón al distinguirla del resto. Su resistencia a ser una mujer, en el sentido patriarcalmente correcto de la palabra, la sitúa aparte de sus hermanas, chicas a las que espera “un gran futuroâ€Â, a juicio de las mismas señoras. Finalmente, la fiesta en el sótano, aconsejada por el psicólogo e inmediatamente anterior al segundo y esta vez exitoso intento de suicidio, no deja lugar a dudas: la náusea de Cecilia es constante y patente. Sólo se interrumpe con la llegada de Joe, un niño síndrome de Down. Entonces por primera vez Cecilia sonríe; le sonríe porque también él está fuera, al margen de la tensión sexual que la rodea, que la quiere atraer hacia sí hasta ahogarla. En Joe había una puerta, un paso, la salida. Pero la cosa se tuerce definitivamente cuando los otros invitados empiezan a reírse, y a hacer reír a las chicas a su costa. Casualmente ése es el momento que Cecilia elige para morir.
“El saco de dormir era antiguo, estampado de patos
muertos sobre cazadores y una trucha saltando
con un anzuelo prendido en la bocaâ€Â.
Con el suicidio de la menor, la distancia que existía entre las Lisbon y el resto del mundo se agrava en cierta medida. La intriga sobre ellas y sobre su privacidad aumenta, llegando incluso a convertirse en algo de interés nacional. Por qué lo hizo y cómo deben de sentirse las que quedan es la pregunta que asedia por igual a todos, y que nadie acierta a formular de una manera sincera digna de respuesta. Los chicos llevan a cabo rastreos entre los amiguitos de Lux, más movidos por el morbo, parece, que por una seria preocupación por ella.
Haría falta un héroe para salvar la situación, para resolver el rompecabezas.
Trip Fontaine hace una entrada espectacular, arrebatadora, como si de pronto hubiéramos cambiado de película y él fuera el centro indiscutible de la nueva trama. Se puede considerar su aparición como el principio de lo que se considera la narración propiamente, es decir, según el esquema tradicional, que es más o menos como sigue: el personaje masculino (Edipo) ha de pasar una serie de pruebas (matar al padre, derrotar a la Esfinge) para llegar al personaje femenino (la madre), que en la línea de lo que escribí más arriba sería la meta: algo pasivo, un objeto. La conquista de esa frontera que es lo femenino (= casa) es equivalente a la conversión del personaje masculino en sujeto humano. Pues bien, “The virgin suicides†abre un paréntesis dentro de sí misma para ridiculizar y al mismo tiempo mostrar el lado amargo de la narración tradicional: lo que viene después del colorido final feliz.
Trip Fontaine es presentado como el héroe de todos, “madres e hijas†(curioso y significativo que no se mencione la palabra ‘mujer’), y también compañeros, que lo admiran como precisamente el arquetipo de la masculinidad. Él llega para conquistar a las hermanas, para liberarlas, a ellas, y para liberar al resto del mundo del enigma; pero también, lo veremos, para hacerlas caer luego en un sometimiento peor. Trip saca de casa a las chicas y las lleva a un baile, saca a Lux del baile y la lleva a un campo de fútbol (símbolo creo incuestionable de falicismo-patriarcado-opresión de la mujer), donde la tumba, sin que tengamos indicios de que lleguen a acostarse. Ése sería el final de la narración, en los términos en que se ha definido más arriba, el momento equivalente al: “y comieron perdicesâ€Â. Luego la abandona. Lux despierta sola en medio de la hierba y rodeada de gradas vacías. Con algo de amargura podemos recordar los comentarios del Trip adulto: “Me gustan mucho las mujeres pero no como ellaâ€Â, “Aquello era realâ€Â, “Hay gente que no llega a conocer nunca ese tipo de amor†-y si aquello era amor auténtico… ¿qué podemos esperar del falso? Allí, en el campo, de madrugada, asistimos con Lux justamente al despertar de un sueño. Lo que venga después será tan real como la peor pesadilla.
“Era como si aquellas plantas
crecieran a la sombra de una mazmorraâ€Â.
Tras la noche del baile, las chicas son condenadas por su madre (más bien por Trip) a un encierro inapelable: ni siquiera se les permite asistir al instituto. La película muestra de puntillas las consecuencias de la narración, lo que hace de la mujer el que el hombre alcance su meta, el status de sujeto: una prisionera, su objeto, algo que está completamente en función de él y a su disposición, que se puede manejar, dominar, controlar, manipular. Es cierto que las chicas habían estado siempre sobreprotegidas, pero no se sentían atrapadas, no eran infelices. Provocando al mundo con su distancia disfrutaban, haciéndose desear desde la distancia. Con el nuevo encierro, sin embargo, todas reconocen en boca de Lux estarse ahogando.
Cecilia ya sabemos que escapaba de esa dinámica del deseo; la condenaba, es más, sospechando sus consecuencias nefastas para la parte femenina, que queda tras ella reducida a objeto. El suicidio de la virgen es la negativa a ocupar el lugar pensado y decidido para la mujer, al que sus hermanas ya están encaminadas sin remedio. Ese destino, que la maternidad engloba y culmina, lo podemos describir a grandes rasgos como un enclaustramiento en el hogar, la imposibilidad absoluta de conducir la propia vida más allá del ámbito privado (se acabaron los estudios, no habrá trabajo, no habrá ingresos propios, no habrá libertad) y, con ello, la exclusión de la Historia. Es decir, si la Historia se escribe, como se ha venido haciendo, desde fuera, atendiendo a los hechos más que a la cotidianidad, el destino femenino es la condena a una ausencia. Ahora bien, se trata de una ausencia que no es mera ausencia, sino la negación esencial de una presencia: en la medida en que esa ausencia ocupa un sitio (el de algo que hubo) es presente, es presencia, aunque negada, suprimida. Otra manera de nombrar la no-presencia es la muerte.
Si la muerte de Cecilia, la visionaria, había sido una renuncia en toda regla, la apuesta por la nada frente a ese todo ya determinado que tenía por delante, la muerte de Mary, Lux, Bonnie y Therí¨se es meramente simbólica. Dicen de ellas sus secretos admiradores, antes de que llegue el momento fatal: “Vivían en la muerte, convirtiéndose en sombrasâ€Â; “Se escabullían. El color de sus ojos se desvanecíaâ€Â. Ya estaban muriéndose antes de llevar a cabo su suicidio. Estaban muertas desde el mismo día del baile.
“Las habríamos perdido si no nos hubieran llamadoâ€Â. Los chicos, los admiradores o voyeurs, son llamados como testigos de su muerte. Ellos están convencidos de que van a rescatarlas, de que las ayudarán a escapar de esa casa que no las deja respirar y las llevarán muy lejos en su coche. La triste realidad es que quizá habrían acabado por conducirlas a otra casa igual, si no peor… Las hermanas Lisbon lo saben, por eso precisamente se quitan la vida al llegar ellos: la única manera de rescatarlas es ser testigo (ver y dar testimonio) de su muerte, de su no-presencia… Pero ellos no comprenden, y perpetúan el enigma. “Se ha hablado mucho de las chicas durante años, pero no tenemos la respuestaâ€Â. Ellos no comprenden, y como niños que son salen corriendo despavoridos, huyen ellos sí de “… esa casa donde siempre estarían solasâ€Â.
“Las jóvenes lamentaron la desgracia de tener
que ponerse de largo un año que sería recordado por su mal olorâ€Â.
Tras ellas, queda la banalidad, “la más trivial de las realidades mundanas: el tictac de un reloj en la pared, las sombras de una habitación a mediodía y la atrocidad de un ser humano que sólo piensa en sí mismoâ€Â. Ese indeterminado ser humano no es ni la madre que las recluye, ni ellas mismas que se quitan la vida, sino que en un sentido tan general como se pueda imaginar se trata del hombre. La inconsciencia masculina sigue diferentes caminos, pero actúa siempre de la misma manera. Más allá de la incomprensión, es justamente la ignorancia lo que lleva a muchos a hablar por hablar: a algunos padres a decir públicamente lo orgullosos que se sienten de sus hijas, que consienten; a algunos descerebrados a fingir un intento de suicidio (una caricatura en toda regla -“adiós, mundo cruelâ€Â) en la piscina; y al círculo de admiradores a continuar dándole vueltas en sus reuniones a la misma cuestión, intentando resolverla archivando fotos, invitaciones para fiestas, cromos, diarios, sujetadores, cosméticos… todo ello sin darse cuenta de que en sus respectivas casas, mientras ellos se divierten reconstruyendo inútiles batallas, hay también una mujer que esa, como muchas otras noches, tendrá que pasarla sola.
Martes, 11 de Abril de 2006 a las 8:25 pm.
Me quito el sombrero ante tan trabajada y detallada crítica (o mejor dicho, explicación o enfoque) de esa magnifica película. ¿Realmente lo has escrito tu?
Con la lectura del texto me ha entrado el gusanillo de volver a ‘videarla’ (para cuando una crítica de La Naranja Macánica?
).
Martes, 11 de Abril de 2006 a las 8:28 pm.
Hola Toni,
no l’he escrit jo, l’ha escrit una amiga meva. Si et dic la veritat encara no he vist la película (tot i que prometo fer-ho un dia d’aquests).
Domingo, 16 de Abril de 2006 a las 7:42 pm.
Eres brillante Marcelle.
Jueves, 7 de Septiembre de 2006 a las 12:51 pm.
Tu crítica me ha parecido muy interesante y he apreciado diversos simbolismos de los que no me había dado cuenta durante el visionado. Sin embargo no he venido hasta aquí (de la cama al ordenador) para hacerte la pelota, sinó para darte un poco de caña.
Ante tan detallado análisis, en el que eres capaz de ver la interpretación que Cecilia hace de una mancha como su intención de esconderse (y no un simple pitorreo a un tio que intenta analizar sus problemas con cuatro manchas) me sorprende que, tras no dejar titere con cabeza (titere masculino), perdones y absuelvas a la madre.
Cito tus propias palabras: “Tras la noche del baile, las chicas son condenadas por su madre (más bien por Trip) a un encierro inapelable” NORL! Son condenadas por la madre, no te engañes. Lo de Trip lo podemos analizar en otro momento, el porqué desaparece su pasión por esa chica (pasión voluntariamente alimentada por ella) y el porqué la abandona en tal momento. Pero eso no influye nada en la decisión de la madre, le da igual, lo único que le importa es que su niña ha roto su círculo de protecció y ha ido donde ella cree que no está segura. El comportamiento de Trip poco hubiera variado el desenlace, creo yo.
Los hombre machistas son malos para el desarrollo de la mujer, pero las mujeres machistas son peores. Ésta creo que es una de las críticas que quiere plantear Sofia, hija de Paco, y que tu has eludido. Hay un momento de un gran simbolismo, cuando la señora Lisbon hace destruir a su hija sus discos de rock. Los quema en la chimenea, bajo la supevisión de su madre, y el humo provocado por la quema de vinilo intoxica a las dos haciendolas toser. Aplicando el correctivo a su hija se está dañando a si misma (consciente o inconscientemente).
El papel del padre no he sabido por donde pillarlo. ¿Qué interpretación se puede hacer de él? ¿Que viviendo con seis mujeres en casa, en un estado del menstruación continua, no puedes mantener la cordura? ¿Que con esa mujer neo-con únicamente puedes pensar en aviones que te hagan salir volando de esa casa? Parece menos machista que su mujer, pero no me atrevo a decirlo no sea que el próximo día que me veas me saques un ojo con un boli.
Nada más, así el próximo dia que nos veamos, tenemos de que discutir.
Tu artículo ha conseguido que me guste más la película, por lo de darle un segunda vuelta y poder jugar a repartir culpas. Si otro día se presenta la oportunidad, volveré a verla.
Miércoles, 30 de Mayo de 2007 a las 2:53 am.
Bueno, te saludo como primer comentario del 2007 en ésta entrada, sino estoy muy equivocada.
Cuando vi la película, tenía poco más que la edad de Cecilia y más allá de que me rompió el corazón, pude percibir algo que sólo he logrado descifrar una vez que leí tu explicación: la ironía. Supongo que encuentro algo triste que no apareciera ningún héroe. Pero supongo que no es un cuento de Disney, ni tiene por qué serlo.
Me adhiero, sin embargo, a que el castigo de la madre de Lux es impactante. La mujer machista atenta contra sí misma, eso es verdad. Pero hay que recordar que termina siendo, el padre, una especie de fachada, otra ironía: No es lo suficientemente fuerte como para imponerse a su esposa, más allá de que ella luche a favor del sometimiento de sus hijas, lo que en teoría, debería hacer que se sintiera feliz. Podrá haber mucho Edipo, pero también apreciamos que no hay Electra alguna en esa película. Las muchachas Lisbon parecen estar aisladas en si mismas. Pero en cierta forma, la madre es una más de ellas, no tanto así como el padre. Esa mujer es una Cecilia que no renuncia a la vida monótona que le espera. El resultado que les espera.
Tu habilidad es impresionante a la hora de exponer y argumentar. Sin embargo, tengo la impresión de que le falta el “enigma”. Lo rodea, sin alcanzarlo. Tal vez la intención de Coppola era esa, por lo cual no podía filmarse de otra manera, ni revelarse más de lo que hemos sabido como expectadores de la mano de los mirones. Como aproximación, no está nada mal.
Tengo que reconocerlo: Es la primera reseña con la que me topo en español, que no tira por tierra a Sofía. Eso da muchos puntos. En fin.
Martes, 5 de Junio de 2007 a las 1:39 pm.
Prro Kminero: Ya señalé hace casi un año que me parecía un simbolismo valioso el del humo de los discos (de hecho, más adelante la propia Lux afirma “Nos estamos ahogando”), pero yo insisto en nombre de la autora en que el encierro es en todo caso simbólico: ¿quién concibe que una madre que pasa por cuerda impida a sus hijos o hijas cumplir con la enseñanza obligatoria? Entiendo que se puede construir un puente que enlace esta historia con la disparatada herencia cotidiana del psicoanálisis y las frustraciones maternas que imploran a sus crías resarcimiento. Sólo que a mí eso no me parece que lleve a ningún sitio. Desde mi punto de vista, la madre es cómplice del patriarcado, como mecanismo de represión de las mujeres. Y esto puede relacionarse con su religiosidad enfermiza. Seguramente en un plazo más largo no habría puesto ningún impedimento en entregar sus bellas flores a un varón dispuesto a pasar por la Iglesia antes de separarles las piernas.
Un saludo.