Una casa de putas

De manera explícita, y en una rima por cierto bastante cursi, un poeta español afirmaba que la vida es el argumento por excelencia de la poesía. Se trata de una tesis poco discutible, puesto que la vida es la mejor creadora de metáforas, la más original y certera; ella reúne lo que ha de estar unido y separa lo que debe estar aparte. Nos contentaremos con una pequeña muestra de este fenómeno, con un ejemplo tal vez más prosaico de lo que nos gustaría pero, al fin y al cabo, suficientemente representativo.

Llega a sorprender lo masificados que están los alrededores de las universidades cuando el cielo de la ciudad ya se ha puesto oscuro, o al menos todo lo oscuro que la contaminación lumínica le permite. A esa hora en que los aparcamientos deberían estar vacíos, las calles desiertas, y casi todos los funcionarios y estudiantes descansan ya en sus casas de la dura jornada escolar, algunos coches anónimos y algunos cuerpos sin nombre cubren calzadas y aceras, abriendo sin reparo las puertas de su particular mercado negro. Los clientes acostumbran ser hombres con traje y corbata. Ellas, en cambio, y aunque sea pleno invierno, llevan apenas un abrigo, preocupadas por mostrar escrupulosamente el género puesto en venta. Muchos de ellos serán empleados o funcionarios de vida gris, monótona, sin estridencias ni disonancias; algunos quizá de envidiable posición, con una mujer hermosa e inteligente y tal vez hijos que sean su vivo retrato. ¿Por qué recurren a eso?, podemos preguntarnos. La respuesta de la mayoría es algo tan obvio como esto: el olvido; sin embargo, de tan esperable resulta increíble… Ahora bien, reflexionando en serio, no, ése no es un sitio que pueda hacer sentir mejor, ni racional ni emocionalmente; se trataría más bien de una excepción si eso ocurriera. Pasado el efecto de la droga, aunque el deseo de volver a tomarla sea muy intenso, dicho deseo no es capaz de hacer pasar por alto el malestar del presente, precisamente porque lo agudiza. Entregarse a la prostitución es en todo caso para aquéllos una forma de poner a su vida un contrapunto, de dibujar una mancha en el inmaculado horizonte de sus acciones y relaciones cotidianas.
Sólo un apunte más. ¿Es la prostitución algo sucio? Sólo en un caso: cuando quien se prostituye no lo hace por propia decisión y positivamente. En el supuesto contrario (eso sí, habría que preguntarse si éste se da alguna vez), se trataría de un comercio justo, realizado a través de un contrato tácito, y por el que cada uno recibiría exactamente lo que esperara del otro y daría exactamente lo que el otro esperara de él.

A continuación pensemos en la universidad, e intentemos averiguar cuáles son los motivos que convierten de noche sus alrededores en un mercado ambulante y por la mañana temprano en un cementerio de profilácticos en estado de putrefacción. La imagen social de la universidad es exactamente la opuesta a la de la prostitución. Todo es buena presencia, erudición, savoir faire y, sobre todo, mucha tontería. Tenemos en la cabeza, porque así lo hemos mamado, que la universidad es lo más, y que si no pasas por ella no cabe siquiera la posibilidad de encontrar un buen puesto de trabajo y de convertirte en algo grande. Si por todo esto se entiende llegar a ocupar una posición social privilegiada, tal vez sea cierto, aunque de hecho es suficiente con tener unos padres ricos, ser hijo de reyes, en su defecto, o trabajar para una familia famosa y vender la exclusiva de la infidelidad cometida por uno de sus miembros. Visto está que ser alguien no está reñido con la calidad personal, o con la falta de ella, y ya que nos ponemos serios, la universidad no garantiza ni una cosa ni la otra: hay allí más niñatos que ciudadanos de provecho, y más gente con un negro futuro profesional que con uno brillante.
La universidad es sólo un velo de Maya, una tela tan brillante que parece esconder tanta riqueza como promete su fachada, pero por dentro está vacía. Este año se ha publicado un libro que pretendía dejar al descubierto la cara oculta de la universidad, los trapicheos y amiguismos que se traen entre sí muchos profesores y la presión a la que otros, como consecuencia, están sometidos por parte de sus compañeros. No obstante, la cosa no se queda en una mera lucha de poder entre profesores: tiene muchos más aspectos.
“Vamos a contar mentiras” es la interpretación que gran número de docentes e investigadores universitarios hacen de la famosa libertad de cátedra; la universidad, por su parte, y sin prestar mucha atención a su discurso, les sigue dando de comer, publicando sus artículos y obritas y tratándolos como si fueran personas respetables. No hablamos de algo subjetivo. Es cierto que nos referimos en concreto a la facultad de filosofía, donde todo parece ser mucho más “abierto a opiniones” que en la de matemáticas, pero no por ello vamos a renunciar al rigor. Hay errores evidentes, que pueden ser tolerados en secundaria pero no en el supuesto nivelísimo universitario, donde todos tienen aires de estar haciendo algo muy grande, y grande es, desde luego, tener el valor de profundizar durante siglos en chorradas como las huecas discusiones medievales sobre el sexo de los ángeles creyendo que el pensamiento medieval se agota ahí, o de creerse a pies juntillas la interpretación tomista de Aristóteles sin pensarlo más allá, o de marcar con un estigma a aquel estudioso desconocido que ose alzar la voz para contradecir la tradición filosófica más arraigada. Las clases no son lo que prometen los programas, sino una sucesión de tonterías poco aprovechables que más bien invitan a almacenar datos que a una auténtica comprensión. Pensar está mal visto en la facultad de filosofía, si lo que se piensa varía en exceso de lo expuesto y defendido por el profesor…
Nos acercamos aquí al núcleo de la cuestión, en la medida en que aprobar, y mucho más sacar una buena nota, con todos esos profesores de los que hablábamos requiere la venta de los propios principios o creencias, del propio pensamiento y de las propias lecturas. Por si fuera poco, la cosa se hace definitivamente explícita cuando en un resguardo del título de licenciado leemos en mayúsculas: “Certificado del pago de los derechos de expedición del título”, y sólo más tarde: “ha superado los estudios conducentes al título universitario oficial”, y de nuevo: “y ha pagado los derechos de expedición del título”. Parece que es más importante para ser licenciado haber efectuado el dichoso pago que haber concluido efectivamente los estudios.

Desde lejos, los cristales de la universidad también parecen inmaculados. Sin embargo, al acercarse, uno puede distinguir con claridad las huellas de la suciedad acumulada por los siglos de los siglos. Por fin estamos en condiciones de comprender qué lleva a las prostitutas a montar sus puestos en los confines universitarios. La universidad es el lugar perfecto para atraer a sus clientes y hacerlos sentir cómodos: allí la putrefacción pasa desapercibida, o es al menos tolerada sin escrúpulos.

3 Comentarios to “Una casa de putas”

  1. adri dice:

    Fumetas alegres ya invitan a su perro a las clases en las que hay debates, porque quizá los canes sean ya los seres pensantes que quedan en el planeta.

  2. adri dice:

    bellas artes es la casa de putas por excelencia.

  3. adri dice:

    Dos contratistas vieron un terreno y pensaron: ¿Que construimos aquí, una casa de putas o una facultad? -Una facultad, -contestó el otro-, que sirve para lo mismo y hace de moderno para la ciudad, chato.