La visión de España de un Aznar de 26 años

Aznar
Aquí os entregamos un collage de varios artículos que Don Jose María, escribió en 1979 analizando la situación por la que este país pasaba en esos momentos, vale la pena leérselo todo (aunque es un poco largo, y un poco coñazo). Si véis faltas de ortografía, no nos culpéis a nosotros, ya sabéis a quien hay que echarle la culpa.

El deber de votar (La Nueva Rioja, 18 de febrero de 1979)

Toda sociedad democrática se caracteriza, entre otras cosas, por un reconocimiento generoso y amplio de derechos y libertades para los ciudadanos que la integran. Ahora bien, cuanto más grande sea el progreso de una sociedad, cuanto más altas sean las cotas de civilización que alcance, mayores serán las obligaciones y deberes cívicos de sus miembros, en virtud, precisamente de esas libertades y derechos reconocidos.

Hace años, en un ensayo sobre los deberes olvidados, afirmaba don Gregorio Marañón que uno de los problemas principales de nuestro tiempo consiste en que padecemos una crisis del deber y una hipertrofia del derecho. ¿No podemos decir hoy lo mismo? ¿Acaso no sigue siendo uno de los mayores males de España la falta de una auténtica y verdadera conciencia pública? Exija el trabajador sus derechos, pero no olvide el fundamental deber de trabajar y, sobre todo, no impida que los demás lo hagan; pidan el funcionario y el profesional mayores reconocimientos para sus labores, pero trabaje lealmente el uno al servicio de una Administración eficaz y cumpla éticamente el otro en el ejercicio de sus funciones. Inviertan el empresario y el industrial, pero respeten el medio que les rodea. Así, ¿cuántos ejemplos podríamos poner?

¿A qué precio?

Pues bien, han bastado dos años de política llamada de consenso para que nuestra productividad sea la más baja de Europa, para que hayamos batido auténticas marcas mundiales en horas de trabajo perdidas, para tener una Administración semi-paralizada, para que nadie invierta y cree nuevas empresa y mejores puestos de trabajo. Se dirá, y no faltará razón en ello, que la transición de un régimen autoritario a un sistema democrático es un sendero lleno de dificultades, que se han ganado libertades, que se ha elaborado una Constitución por todos los grupos políticos, etc… etc. Pero todo esto ¿a qué precio? Hay una enorme masa de españoles que esperanzados ante el cambio político se sienten hoy decepcionados y defraudados; existen zonas del territorio nacional cuyos habitantes viven amedrentados por terroristas sin control, y, en cuanto a la Constitución, ¿cuántos de sus artículos fueron debatidos en el Parlamento que, cabalmente, existe para eso? ¿Es este el precio de la democracia? ¿No será más bien el de una mala gestión de los asuntos públicos? Nos hemos acostumbrado a las huelgas, al terrorismo, al asesinato casi diario, a la inseguridad, como a algo que fuese normal e inevitable, y ello no indica otra cosa que la salud de nuestra sociedad no es buena, que nos hemos olvidado otra vez de nuestros deberes.

Todas estas cosas y el desarrollo de la Constitución entera, con temas tan importantes como el de la organización territorial de España, la familia, la enseñanza y tantos otros, deben hacemos pensar a quienes afrontamos la vida desde una concepción humanista y cristiana de la misma que el próximo día uno de marzo, no solamente debemos ejercitar un derecho, sino cumplir un inexcusable deber. El deber de votar.

No se olvide que es propio de pueblos fuertes aceptar las criticas, pero sobre todo es propio de pueblos inteligentes asimilarlas y meditemos que todos y cada uno de nosotros debemos afanarnos diariamente en el cumplimiento de nuestros deberes para ayudar a construir una verdadera conciencia nacional pública.

La abstención. La lección de la historia (La Nueva Rioja, 23 de febrero de 1979)

En menos de dos años, los españoles hemos sido convocados a las urnas en tres ocasiones. La primera, con motivo del referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, que supuso de hecho, sea cual fuese la intención con la que fue elaborada, la ruptura con la situación política anterior. La segunda con ocasión de las elecciones del 15 de junio de 1.977, para elegir un Parlamento cuya función primordial sería, por el ulterior desarrollo de los acontecimientos, la elaboración de un nuevo texto constitucional. La última y reciente convocatoria lo fue para refrendar la Constitución. Ahora se nos convoca de nuevo, primero para elegir nuevos diputados y senadores y después para que, renovemos nuestros municipios. En total, cinco convocatorias en un periodo muy corto de tiempo. Cabe preguntarse pues, si no es demasiado equipaje para un pueblo tan poco acostumbrado al ejercicio del voto.

El desencanto

La política española, hasta el momento presente, se ha visto regida por compromisos de los dos partidos mayoritarios, a través del llamado consenso. Tal situación ha provocado un efecto fulminante cual es el de la desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático, que quedó palpablemente demostrada en el elevadísimo índice de abstención que se produjo en el pasado referéndum. Durante este bienio, en efecto, no ha habido un Parlamento que merezca tal consideración. Baste pensar al respecto cómo fueron aprobados en bloque apartados, artículos, capítulos y títulos del texto constitucional sin que se desarrollase un solo debate ante los españoles. Tampoco ha existido en estos dos años una oposición, salvando alguna excepción honrosísima y valiente, tal y como se la contempla en los demás países democráticos. Y por si todo esto fuera poco, no ha existido una gestión de los asuntos públicos capaz de resolver y, en ocasiones, ni tan siquiera de atenuar, los graves problemas que tiene planteados la sociedad española actual. Todo este cúmulo de circunstancias, amén de las agotadoras y desesperantes campañas publicitarias, como la reciente de la Constitución, son motivo más que sobrado para la existencia de una sensación generalizada de indiferencia y de hastío ante los asuntos públicos.

Lo que nos jugamos

Ocurre, sin embargo, que en las próximas elecciones, nos jugamos mucho más que el nombre del futuro presidente del Gobierno. Tal como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o, por el contrario, va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes, si vamos a poder escoger libremente la enseñanza que queremos dar a nuestros hijos o nos encaminamos hacia la escuela única, si el derecho a la vida va a ser eficazmente protegido, sí el desarrollo de las autonomías va a realizarse con criterios de unidad y solidaridad o prevalecerán las tendencias gravemente disolventes agazapadas en el término nacionalidades, y así un sinfín de transcendentales temas, cuyo desarrollo dependerá del equilibrio de fuerzas políticas que surja el próximo día primero de marzo. En determinadas ocasiones, la abstención puede estar justificada. Incluso darse el caso de una abstención beligerante como en el pasado referéndum constitucional. En estas elecciones, la abstención puede resultar catastrófica para la democracia y para la sociedad española entera y verdadera. Piénsese en las elecciones de Febrero de 1.936, que con un índice de abstención del 30 %, propiciaron lo que más tarde se llamó “la primavera trágica”, que no fue, a su vez, sino el preludio de una gran tragedia nacional. Piensen aquellos que se sienten atraídos por ideales nuevos y por soluciones moderadas y reformistas, en los demócratas cristianos chilenos descansando en Viña del Mar, mientras la izquierda, como por otra parte nunca dejó de hacer, votaba en masa y aupaba al poder a Salvador Allende. ¡Cuantas desventuras podría haberse ahorrado el pueblo chileno si en aquella ocasión quienes no lo hicieron hubiesen cumplido con su deber!

No se trata de establecer comparaciones históricas. Cada pueblo, cada nación, pasa y vive por circunstancias muy diversas, y lo que ayer se produjo, hoy resultaría imposible, pero admítase como implacable lección de la historia de un pueblo que olvida sus responsabilidades está condenado a pagar muy caras consecuencias. Sin duda, las próximas elecciones se encuentran entre las más importantes de nuestra historia contemporánea. Todos, absolutamente todos los principios sobre los que una sociedad debe sustentarse y regirse, se encuentran pendientes de desarrollo. Demos, pues, un no rotundo a la abstención.

Vientos que destruyen (La Nueva Rioja, 9 de mayo de 1979)

Lo peor de todo no son las cosas que pasan. Ni siquiera son las cosas que van a pasar y que ya se las ve venir como irremediables. Lo peor de todo es que las recibimos como un suceso más de nuestra costumbre. Uno de los más feos síntomas de nuestra democracia es la capacidad de resignación y de fatalismo para aguantar la humillante dictadura de los hechos. Nadie reacciona, nadie quiere caer en la trampa de tomar una medida, de cumplir un deber preciso, de buscar una solución a un problema. Esto que antecede lo escribía Jaime Campmany el pasado 28 de abril. No es para menos. Los últimos días nos han vuelto a traer nuestro correspondiente cupo de muertos y heridos en Madrid, Oñate, Durango y Barcelona. Han estallado bombas en Madrid, Barcelona, Sevilla y Valencia. El día 20 una “pacífica” manifestación ecologista terminaba con barricadas, incendios y heridos. Graves incidentes ocurrían el domingo en Villalar de los Comuneros, con motivo de la celebración del día de Castilla-León. Un eminente jurista, D. Antonio Pedrol Rius, pedía la revisión de las disposiciones legales sobre la legitima defensa habida cuenta del estado de inseguridad e indefensión en el que viven muchos ciudadanos. Una generalizada sensación de temor existe no sólo en las grandes capitales, sino en muchas otras poblaciones españolas. Piquetes violentos impiden el ejercicio del derecho al trabajo e imponen su ley allí donde se produce una huelga. Este es el balance de cuatro meses: 48 muertos, 130 heridos, 52 atentados, 10 bombas desactivadas, 50 explosiones, 15 ametrallamientos. Pero nadie reacciona. Aquí ya se sabe que no pasa nada.

Lo que se cuenta

Por desgracia tampoco son apacibles los vientos que soplan por las tierras de España. El Ayuntamiento de Zumárraga decide someter a referéndum la construcción de un nuevo cuartel de la Guardia Civil. El del Zarauz acusa en nota pública de violencia a la policía. El socialista navarro Sr. Arbeloa niega cualquier oposición suya a la integración de Navarra en Euskadi y fundamenta su postura, entre otras cosas, en la catalanidad de las provincias valencianas. Son sólo anécdotas de la gran tragedia vasca.

Pero para los miles de españoles del País Vasco ya no hay ni esperanza, ni aliento. Un triste y fatal velo de indiferencia es todo cuanto reciben. El Consell del País Valenciano -con exclusiva asistencia de socialistas y comunistas- decide en un alarde de pancatalanismo que la bandera valenciana sea la misma que la de Cataluña. Como si el Reino de Valencia no hubiera existido jamás. Para no ser menos, el Partido Comunista de Canarias se manifiesta en favor de la independencia de las islas y anuncia que, llegado el momento, tomaría las armas para conseguirla si ello fuera preciso. El presidente de la Generalidad de Cataluña, José Tarradellas, manifiesta con elogiable prudencia y notorio patriotismo que mientras él sea presidente no se repetirá un 5 de octubre de 1.934. Pero la citada advertencia indica que hay fuerzas, y no menguadas, que quisieran repetir aquella “hazaña”. Una auténtica marea de reivindicaciones regionalistas nos acosan sin que sepamos a ciencia cierta cuales serán los limites que hayan de ponerse a las mismas.

No hemos hecho más que empezar

Pero tampoco basta. Vientos de revancha son los que parecen traer algunos de los ayuntamientos recientemente constituidos. El de Guernica aprueba por unanimidad retirar la medalla de la villa, así como todos los honores concedidos al anterior Jefe del Estado -que aunque moleste a muchos gobernó durante 40 años y se llamaba Francisco Franco. Como aún les parecía poco deciden asimismo exigir responsabilidades al Gobierno alemán por el bombardeo de la ciudad ocurrido en 1.937. Hace 42 años. Por el contrario no especifican a cual de las dos Alemanias exigen las citadas responsabilidades, porque es bien sabido que por aquel entonces no había más que una. En Coslada (Madrid) las calles dedicadas a Franco y José Antonio lo estarán a partir de ahora a la Constitución. En Valencia la Plaza del Caudillo pasará a llamarse del “País Valenciá”. Y no hemos hecho mas que comenzar. Parece que pueden pasar los años, pero que las costumbres no varían. En vez de dedicarse a la mejora de sus Municipios, se dedican a borrar la Historia. ¿Para qué hacer nuevas calles y plazas? Se les cambia de nombre y como si fueran nuevas, y en las próximas elecciones, a repetir.

Cargos a go-go

Pero aún hay más. En plena crisis económica nos encontramos con el delirio “carguista”. Se crean nuevos Ministerios; más Secretarías de Estado, cada personaje destacado tiene ya su adjunto. Y todos con sus correspondientes equipos. ¿Y quién paga todo esto? Cargos públicos que anteriormente no gozaban de remuneración lo son ahora y muy sustancialmente por cierto. Los consejeros de cualquier ente autonómico o pre-autonómico, ya sea provisional o definitivo, se señalan cuantiosos sueldos como primera medida. Y todos con sus correspondientes equipos. Como buenos españoles deben pensar que la crisis económica es para los demás. Aquí no pasa nada.

Dígase que bueno, que muy bien, que a pesar de todo seguimos caminando, pero ¿a dónde vamos? Dígase que todo son males menores de una difícil transición, y será cierto. Pero, ¿es que vamos a tener la transición de los mil años? No parece sino que mientras unos se empeñan en hacer antifranquismo, los otros esconden sus cabezas, no vaya a ser que le retiren sus carnets de credibilidad democrática. ¿Qué tiene que ver todo esto con la democracia? ¿Qué tiene que ver, y esto es gravísimo, el Parlamento con la calle? ¿Quién toma medidas? ¿Quién busca soluciones? ¿Quién hace cumplir la ley? Somos muchos los que deseamos vivir en una España libre, con una convivencia cívica y ordenada, pero tengo para mí que las puertas de la esperanza se van cerrando con implacable tenacidad. Sobre una marea de violencia e inseguridad, no se puede construir nada que sea medianamente duradero y estable. España se merece algo mejor, y no es callando la realidad como a ello se contribuye. Hoy son los vientos que destruyen los que nos acosan. Ojalá que muy pronto comiencen a arreciar los vientos que prometen.

Unidad y grandeza (La Nueva Rioja, 30 de mayo de 1979)

En un acto público celebrado con ocasión de las elecciones para el Parlamento Europeo, el Presidente de la República Francesa, Valery Giscard, ha afirmado que únicamente fortaleciendo su unidad puede Francia alcanzar la grandeza. Asimismo, otra información proveniente del vecino país se hacía eco del acuerdo existente entre las principales fuerzas políticas sobre la no-potenciación de los entes y poderes regionales. Con toda intención he dejado pasar algunos días para observar si alguien comentaba con la debida profundidad las mencionadas informaciones. Vana espera. Por lo que parece, el que el Presidente de una nación que aspira, no sin fundados motivos, a convertirse en cabeza política de Europa, haga un canto a la unidad de su Patria no merece mayores comentarios. Como es lógico, puesta la atención en España, se me ocurre pensar que los cantos a nuestra unidad nacional se nos van haciendo difíciles de entonar. Bien sé que no faltará quien piense que los problemas regionales de Francia y España son muy distintos. Quizá tengan razón. Personalmente opino que tales diferencias vienen determinadas más en razón a distintos tratamientos políticos que a estos problemas se les ha dado a lo largo de la Historia, que a sustanciales razones de orden racial, ling

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